domingo, 10 de mayo de 2009

En algún embalse... todo cambió para él

(Una pequeña historia pensada por Mauro González -mi amor- y redactada por mí)

Las aguas del lago estaban tranquilas. Se acercaba el verano y los rayos del Sol daban esa sensación de calidez que suponía debía sentirse antes de nacer. Ya estaba en la edad de madurez sexual aunque me sentía aún un poco ingenuo. No sabía cómo escoger a la futura madre de mis hijos y me pasaba todo el día buscándola. No sé si estaba en mi instinto o si lo hacía porque no había otra cosa que hacer. Ya no jugaba con mis hermanos ni hacíamos carreras para ver quién nadaba más rápido. Ahora, cuatro o cinco de ellos estaban todo el día conmigo buscando una novia y algo para comer. Me había pasado todo el invierno prácticamente durmiendo y la primavera había despertado mi apetito. Siempre me habían gustado las algas, hierbas y plantas acuáticas que mis hermanos comían pero lo que más me atraían eran unos pequeños animalitos, con muchas patas, que a veces caminaban por la orilla del lago. Aquel día encontré uno y me acerqué para poder comerlo pero se escapó.
Temprano, habíamos ido a consultar al más viejo de nuestra familia, respetado por sus cincuenta años, sobre cómo debíamos escoger con quién tener descendencia. Era importante pues se suponía que tendríamos muchos hijos que formarían nuestra gran familia. No habíamos solucionado nuestro problema ni disipado nuestras dudas pero nos había entrado hambre y fuimos a nadar al fondo del lago para buscar las plantas que más les gustaban a mis hermanos. Yo siempre había sido inquieto y algo disperso así que en cuanto me aburrí me fui hacia la orilla en busca de algún bichito con patas de los que tanto me gustaban. Nadé rápido para que nadie me siguiera. Cuando ya podía ver la luz del Sol brillando, me topé con una pequeña pelota de color. Nunca había visto nada igual. No me acerqué demasiado porque temía que fuera peligroso. Los peces carpa somos muy cautelosos y lo observamos todo con detenimiento para no caer en una trampa. Muchos de mis hermanos habían sido pescados en este lago, intentando comer alguna planta suelta o un pez muerto que no flotaba. No habían sido capaces de ver el casi invisible hilo de la muerte, aquel que engancha la tentadora comida y que te arrastra hacia lo alto de las aguas para no volver. Sabíamos que morían pero yo nunca había visto a un hermano morir. Lo sabíamos porque algunos volvían al agua, con heridas en su boca, y contaban que habían visto otros peces muertos en recipientes o en el barro, junto a los humanos.
Los humanos siempre hacían ruido cuando llegaban y sabíamos que teníamos que alejarnos de donde ellos estuvieran. Son muy peligrosos. Algunos de ellos sólo hacen ruido al llegar pero luego se quedan en un silencio extremo que no llegamos a ser capaces de detectar si hay una persona ahí afuera o no. Aquel día, no había escuchado a nadie por las cercanías pero también era verdad que yo había estado en las profundidades. Aquella bola de color verde no dejaba de llamar mi atención. Creí que podría ser comida así que me acerqué a probarla. Probé su sabor y era delicioso. No sabía qué era, no había probado antes nada similar. Estaba casi seguro de que se trataba de un fruto o una planta que por mi corta edad aún no conocía. Estaba disfrutando de aquel grato almuerzo y ya casi no quedaba nada de la bola cuando sentí como algo filoso perforó mis labios. ¿Qué era aquello? Un fuerte dolor me hizo estremecer. En cuanto me di cuenta de que había caído en la trampa intenté soltarme pero ya era tarde. Vi cómo los peces y algas pasaban a gran velocidad a mi alrededor, cómo mi mundo se transformaba en un acelerado viaje hacia arriba. Mientras pensaba en lo que dejaba atrás, me sentía ingenuo y una sensación miedo se apoderaba de mí. Probablemente moriría. Nunca había asomado mi cabeza fuera del agua más de unos escasos segundos y ahora parecía estar dirigiéndome hacia la superficie por una fuerza invisible. Empecé a contonearme asustado ante la certeza de que iba a morir. Salí del agua empujado por la fuerza del gancho que dejaba un sabor metálico en mi boca. Vi cómo el individuo que estaba frente a mí sonreía y se regocijaba al mirarme. Supe que mi vida había llegado a su fin. No había podido escoger una hembra de mi especie. No había tenido hijos. Estaba frustrado. Había sido un incauto y mi inexperiencia me había conducido a la superficie. Debía ser fuerte, intentar volver al agua. No sabía durante cuánto tiempo podría vivir fuera del lago, no conocía aquel mundo de los humanos. Todo me resultaba ajeno y confuso. Una luz fuerte, diferente a la del Sol y proveniente de un pequeño objeto gris, me sacó de mis pensamientos. Fue un instante en el que aquel hombre se quedó quieto junto al palo que me sostenía mientras sonreía dirigiendo su mirada al objeto que emitió la luz. Unos segundos después, estaba mirándome a mí. Yo me sentía exhausto. Me abandonaban las fuerzas. Estaba demasiado débil como para seguir intentando volver al agua. Tal vez eso era la muerte. Cuando el hombre retiró el filo cortante de mi boca y me arrojó a los aires, yo estaba casi inconsciente. No entendía qué estaba pasando pero sentí las cálidas aguas rozar mi cuerpo. Por el propio peso fui descendiendo a las profundidades y quedé depositado sobre unas algas del fondo. Mis hermanos se acercaban a mí mientras yo intentaba recuperar mis fuerzas para volver a nadar. Al rato, pude mover una aleta y me desplacé lentamente entre las plantas. Todos querían saber qué había pasado. Yo me sentía diferente. Aquellos instantes fuera del agua me habían cambiado la vida. Había madurado. Ahora sí estaba listo para tener hijos. Observé a mis hermanos expectantes y noté que aún conservaban la inocencia que yo sentía que acababa de perder. Sin querer, había crecido. Ya no volvería a ver mi mundo con los mismos ojos. Todo había cambiado.

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