lunes, 27 de abril de 2009

Todos los caminos están abiertos de Annemarie Schwarzenbach


Iniciar la lectura de esta obra es poner la marcha y emprender un viaje en coche hacia los Balcanes, Turquía, Irán y Afganistán y hacia la profundidad de una poesía que nos hace recorrer paisajes y conocer a distintas personas con las que Annemarie se cruzó en su travesía. Partimos en un Ford cargado de material fotográfico, en 1939, cuando se inicia la gran guerra en Europa, sin embargo, Annemarie habla de un mundo paralelo, de la hospitalidad en Afganistán, de las mujeres del Islam, de las nuevas carreteras, de los viejos caminos, de la intemperie, de sus cabalgatas de caza, de los mercadillos y sus vendedores, en definitiva, de todo lo que va encontrándose a su paso por los pueblos de la "otra" Europa y de Asia.


Hay un fragmento poético-existencialista del capítulo “La Estepa” que me gusta mucho: “Quizá mi sentido de la realidad no esté muy desarrollado, tal vez carezca de un instinto seguro y tranquilizador para los aspectos concretos de nuestra existencia terrenal, no siempre puedo distinguir entre recuerdos y sueños, y a menudo confundo sueños, los recreo en colores, aromas y repentinas asociaciones, con la arcana y perturbadora certeza de una vida anterior, de la que el tiempo y el espacio no me separan más ni mejor que un sueño ligero al amanecer”.


Son la cultura y los paisajes de estos rincones del mundo desde la mirada de Annemarie, una joven que encontraba en la escritura la única manera de combatir la angustia y la sensación de traicionar a su familia, que la acosaba cuando quería ejercer su libertad. En 1932, Annemarie había comenzado a consumir morfina y se había hecho adicta, quizá intentando huir de la angustia que la devoraba.


Dos mujeres solas en Afganistán


Cuenta AS que estando en Turquestán fue recibida en el último pueblo a orillas del desierto que le sonreían y hacían señas: “Mientras me ofrecían pan y un cuenco de té sin azúcar, los jóvenes y los ancianos hicieron corro en torno a mí; los niños se me quedaban mirando con asombro; las hermosas niñas me tocaban la ropa, el médico me hacía preguntas en torno amable y serio a la vez. Me dieron un caballo y me asignaron una guía para que no errara el camino. Sincera cordialidad (…), virtud ésta que me hace amar y apreciar Afganistán.”


Cuando comienza el viaje con Ella, ésta se da cuenta de las angustias de su amiga y trata de ayudarla. El asombro que despiertan en las ciudades por las que atraviesan es notable pero recibirán hospedaje. Con el tiempo, las amigas tomarán diferentes caminos.


Annemarie Schwarzenbach (Zúrich 1908-Sils, Engadina, 1942) vino al mundo en una familia muy conservadora de grandes empresarios suizos. Mantuvo durante toda su vida una relación atormentada con su madre, Renée Wille, hija de un comandante en jefe del ejército, que en muchos aspectos educó a Annemarie como si fuese un varón. En 1930 conoció a Erika y Klaus Mann, los hijos mayores de Thomas Mann, con los que entabló una amistad íntima además de enamorarse de Erika. De 1931 a 1933 vivió en Berlín, donde comenzó a escribir relatos y novelas y a movilizarse contra el nazismo. Doctora en historia, arqueóloga y reportera, entre 1934 y 1941 emprendió innumerables viajes por Asia, África, Europa y Estados Unidos, la mayoría en automóvil con amigas fotógrafas o escritoras. Su agitada vida, marcada por la adicción a la morfina, los intentos de suicidio y la búsqueda desesperada de libertad acabó a los treinta y cuatro años tras un accidente de bicicleta.


Muerte en Persia, el primero de sus libros traducido al castellano, apareció en esta misma colección.


Posfacio de Roger Perret
Traducción de María Esperanza Romero
Paisajes narrados, 29
Páginas: 182
Precio con IVA: 14 euros

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